Y tanto, tanto llanto
Se ha vuelto llanto este dolor ahora
y es bueno que así sea.
Bailemos, amemos, Melibea.
Jaime Sabines
No me lo esperaba. La noticia de la muerte de Spinetta era un twitt de apenas 12 caracteres que me encontró desprevenida.
Yo no había visto las fotos que había publicado la Carroña y me había tranquilizado el propio Flaco diciendo que se encontraba en las mejores manos y que estaba en franco camino hacia la recuperación. Entonces me sorprendí. El Flaco no podía estar muerto.
A los minutos de parálisis le siguieron horas de tristeza y ya tarde en la noche acudieron las lágrimas: muchas, demasiadas. Y no cesaron hasta ahora.
Yo no era fanática del flaco. De hecho no le doy la mano a ningún fanatismo, porque los fanatismos encarcelan y si había algo contrario a una cárcel, eso era el flaco.
En cada sollozo se desprendía una imagen: ¡Carrusel, sensación! a los trece años, sola en la butaca de un cine de Lavalle atónita por ver en el celuloide de Barrock a Carla, mi compañerita de la colonia de verano, hablándole al oído a Spinetta en Maribel se Durmió y era como si yo misma le estuviera hablando; mis catorce de nena enamorada con Mapa de tu Amor grabada en los dos lados de un TDK sonando todo el día; un invierno triste de primer desengaño con Barro Tal Vez, un atardecer de guitarreada en la playa coreando Yo Quiero Ver un tren; imágenes de un mientras que se sucedían en los años, la poesía, en las que yo crecía con la la canción que llegaba hasta el sol subida en la voz aguda de Luis Alberto Spinetta.
Me sonaba los mocos y en el pañuelo quedaba impresa la mano de mi hijita de once años en la mía frente al escenario del Pepsi Music, cuando la llevé por primera vez a ver al flaco en vivo y luego la imagen de ella ya adolescente, entrando con sus amigos a la cancha de Vélez para ver a las Bandas Eternas. Y una lluvia torrencial la noche que Charly festejó su cumpleaños, ahí, inundada en el césped, sin moverme hasta después de que el flaco tocara como invitado. No me imaginaba que esa era la última vez que lo vería tocar en un escenario.
Sin embargo, y pese al amor, me parecía desmedido tanto llanto, tanto sufrimiento. Me pregunté entonces qué era ese dolor tan visceral, tan desgarrador, tan sin consuelo y quise explorarme más profundo.
Llegué hasta un mueble tocadiscos muy grande, de madera oscura, un piso de mármol y dos pares de zapatos moviéndose cadenciosos al son del Tema de Pototo. Y unos zapatos eran enormes y los otros, los míos, ¡tan pequeños! Caí en la cuenta de que mi primer contacto con el rock nacional, inscrito en la memoria, hecho consciente fue en 1973, con el disco de Almendra que ponía papá con tanto cuidado, los fines de semana que me tocaba verlo de acuerdo al régimen de visitas que yo esperaba ansiosa. Tenía tres años. Esa era entonces la IMAGEN. La tapa del disco con el arlequín llorando reposando en el sillón de pana verde, tan cortazeano, y papá y yo bailando la música del flaco una y otra vez. Mi padre y Spinetta nutrieron mi infancia. Y yo me quedaba otra vez huérfana.
Entendí por fin que con su muerte, el flaco, que había sido parte necesaria en la construcción de mi identidad, me estaba liberando otra vez. Me estaba dando la tijera para cortar el duelo perpetuo por mi padre y la llave para entrar al duelo sano, el duelo que se trabaja con los sentidos despiertos.
Todos los duelos a los que debo un dolor consciente y genuino. Incluso hacer el duelo de esa parte de infancia o juventud, que, como dijo CFK ayer, -y que al fin y al cabo fue lo que resonó en mí como revelador al escucharla-; nos damos cuenta de que se nos fue con el flaco.
¡Mirá cuánto te debo, flaco lindo, cuánto me seguís dando aún con tu muerte!
Porque en la pérdida de un ser querido y fundamental también está grabada nuestra partida.
"Y al partir sentirás una brisa fresca de libertad"